Librerías de Viejo

Notas editoriales

Los libros del abogado

El despacho tenía tres paredes cubiertas de libros. Porrúa, Trillas, ediciones universitarias de los años sesenta y setenta. Una biblioteca de trabajo. Y en el centro de la pared norte, sin distinguirse del resto, cuatro volúmenes en lomo gastado que cambiaron el balance de la revisión.

El despacho estaba en el centro de la ciudad, en un edificio de los años cuarenta. La hija del abogado nos recibió y nos dijo que los libros llevaban cuarenta años ahí, que nadie los había tocado desde que su padre murió, que era probable que no valieran nada porque ya nadie usaba esos códigos. Tenía razón en casi todo.

Las tres paredes estaban cubiertas de libros de derecho: Porrúa, McGraw-Hill, UNAM, ediciones del Tribunal Federal. Compilaciones de jurisprudencia, códigos penales por estado y por año, tratados de derecho mercantil. La mayor parte eran libros de consulta profesional, útiles en su tiempo, sin relevancia bibliográfica hoy. Una biblioteca de trabajo, no de coleccionista.

En el centro de la pared norte, entre los volúmenes de la Colección Porrúa, había cuatro tomos encuadernados en media pasta, lomo de cuero rojo, sin título visible. Los sacamos uno por uno. Eran la Recopilación de Leyes de los Reynos de las Indias, en edición madrileña de 1774. Cuatro tomos completos, en buen estado, con una nota manuscrita en la guarda del primero: «Biblioteca del Lic. Escalante. México, 1889.»

El abogado nunca los citó en ningún juicio. Probablemente los compró como curiosidad, o los heredó de algún colega más viejo. Los había integrado a su biblioteca de trabajo sin distinguirlos de las demás obras. Ahí habían permanecido cuarenta años, bien conservados por el polvo y la oscuridad del despacho.

Una revisión no promete hallazgos. Pero cuando ocurren, ocurren así: sin avisar, entre lo ordinario.

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