Librerías de viejo (anecdotario)

El sobrino de WR y los libros de un costal

Abr 27, 2020

WR son las iniciales del famoso intelectual de origen asturiano, traductor al español de obras clave en el estudio de la filosofía y el marxismo, profesor emérito de la Universidad de México, pero no es a quien me referiré, esto va en torno a su sobrino.

Nos citó para vender una amplia biblioteca, llegué con mi socio al departamento ubicado en la colonia Narvarte, se presentó como el sobrino de WR, aunque la casa perteneció a su tía, tal vez hermana del fallecido erudito español, nos dijo que había heredado el inmueble, los cachivaches y los libros, tenía ese tono con el que en la Ciudad de México nos referimos a los “mirreyes”, jóvenes de origen acaudalado, normalmente residentes de La Lomas y Santa Fe, estaba acompañado por una bella chica, tal vez actriz de cine, aunque no la reconocí (a pesar de fijarme en todos los detalles).

Nos mostró la biblioteca, sin dejarnos un momento solos, siempre interrumpiendo nuestra labor mostrándonos los que a su consideración eran unas joyas, por ejemplo: un atlas de formato monumental editado en los sesentas; un misal del siglo XIX, todo madreado; un par de libros horrendos con las tapas de madera; un tomo suelto de una enciclopedia de arte y un mamotreto incompleto de inicios de siglo XX sobre fármacos; es decir, ¡pura madre!

Revisamos la biblioteca por unos quince minutos, ya no lo aguantábamos, eran unos dos mil libros distribuidos en todo el apartamento, pero nada relevante, la mayoría eran novela rosa de Corín Tellado y María Luisa Linares, de poco valor para nosotros; antes de argumentar nuestro desinterés y él insistiendo sobre las “grandes piezas” que había heredado, nos señaló el cuarto de limpieza donde había un costal con libros que él mismo había elegido como inútiles, -chéquenlos, tal vez les sirva algo – nos dijo, soportando su presunción y ademanes altaneros, fuimos a ver esa selección.

Comencé a revisar los libros del costal, mi socio ya estaba harto, le pedí paciencia y registré minuciosamente los ejemplares, sólo puedo decirles que en esa ocasión sentí el latir de mi corazón con mucha intensidad, saqué las primeras ediciones de “Poeta en Nueva York” de García Lorca, editado por la editorial Séneca; “España aparta de mi este cáliz” de César Vallejo; “Jusep Torres Campalans” de Max Aub, entre otras maravillas del exilio español en México, como dirían los bibliófilos “las piezas” o en el argot libresco “la pura chuleta”.

De todo lo visto en ese departamento sólo nos interesaban diez títulos, no sería fácil comentárselo al petulante sobrino de WR, decidimos mezclarlos con otros veinte libros y realizar la propuesta, en el lote incluimos dos libros antiguos sin importancia.

Le explicamos al muchacho que la biblioteca era muy buena, que no eramos los indicados para adquirirla, pues estaba destinada a alguien que realmente conociera y tuviera buen gusto como él, le pedimos nos vendiera ese pequeño lote pues era nuestro perfil, la cháchara, me sentí como en una escena de la película “La novena puerta”, en su mirada notamos extrañeza, aceptaba siempre y cuando dejáramos los dos libros antiguos, a “regañadientes” accedimos. Salimos con un lotecito de veintitantos libros, muy felices.

Imaginé a WR, por quien siento admiración, retorciéndose del coraje desde el más allá, no por nuestra acción, sino por la ignorancia de su sobrino, a quien no admiro.  Nos enteramos que terminó tirando la biblioteca a la basura.

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